Nos posamos sobre conjeturas
con un aire desencantado,
y celebramos nuestra única posesión,
que es el día a día,
mezcla de orgullo y vergüenza,
con el cuello y las venas apretadas bajo el sol.
Procuramos mantenernos al margen
de una muerte sin gracia.
Deploramos esa disposición animal a las jugadas estériles,
desdeñamos el abandono y el arrepentimiento
que a nadie quisiéramos esconder.
Nos hemos entregado sin ambages
al escorzo desenfrenado de lo hablante.
Abusamos, por momentos, del temperamento deletéreo,
que deshace lo andado con jugadas caprichosas,
o también de ese andar de trasto en trasto
hacia los extremos de la desmotivación.